Nuria Labari: “Superwoman perjudica seriamente la salud”

por Ana Basanta

12/08/2022

Entrevista con Nuria Labari, autora de ‘El último hombre blanco’ (Literatura Random House), en Catalunya Plural

Con 44 años, la protagonista de la novela ‘El último hombre blanco’ ha llegado a la cima de los negocios y el éxito profesional. Aparentemente, es una más de entre sus compañeros de trabajo, pero se siente engañada porque se ha adaptado a unas normas que no ha elegido. La periodista y autora del libro, Nuria Labari (Santander, 1979), reflexiona sobre la necesidad de cambiar las reglas y de repensar el sistema para hacerlo menos salvaje y más comprensivo.

“Ser mujer solo puede ser una forma de esclavitud o de revolución”, dice la narradora de ‘El último hombre blanco’. ¿Hay un término medio?

No hay un punto intermedio. No me gustan mucho las realidades dicotómicas, parece que sí pudiera haber un punto intermedio, o nos gustaría que lo hubiera, pero llevamos milenios de opresión e injusticias solo por el hecho de nacer mujer. Ante esto, puedes aceptarlo o revelarte y, si empieza la revolución, es una revolución diaria, constante, porque vivimos rodeadas de macro y micromachismos y cada vez que no te revelas es una aceptación que, de alguna manera, implica una forma de sumisión. En este sentido, quizás lo que más se puede parecer al término medio es la ambivalencia. No creo que haya un término medio fácil, pero creo que esa ambivalencia, de la que tanto se nutre la literatura y que puede ser incluso saludable ante esos extremos, es como vivimos casi todas o todas las mujeres.

 El libro trata sobre el ámbito laboral y competitivo. En el mundo occidental, ¿no trabajar es sinónimo de fracaso?

 Sí, absolutamente. Es sinónimo de fracaso, de estar castigado, sobre todo se castiga la identidad. Da igual que estemos en el metaverso, en Tinder, en una aplicación… Todavía somos lo que hacemos. Además, el éxito profesional está muy vinculado al éxito económico, pero creo que el trabajo no es solo una cuestión económica, no vale cualquier trabajo. De hecho, muchas personas aceptan o aceptamos ganar menos dinero por hacer un trabajo no solo que nos guste, sino que nos presente ante los otros y ante nosotros mismos de cierta manera. El trabajo está muy cosido a la identidad, lo peculiar es qué formas de trabajo y de crear identidad estamos construyendo tan dañinas.

¿Es complicado luchar contra la brecha de género en el trabajo en el sentido de que muchas veces se da por superada?

No se ha producido ningún proceso de igualdad respecto de las mujeres y del trabajo, y respecto a mujeres y hombres, se ha producido más bien un proceso de asimilación de mujeres a hombres. Nos han pedido que hagamos todo lo que tradicionalmente hacían ellos o todo lo que se asociaba a los roles masculinos sin pedirles a ellos que hagan nada de lo que tradicionalmente se asemejaba a los roles femeninos. Vemos en el telediario que hacen falta mujeres que estudien carreras de ciencias, pero no sé por qué no vemos que faltan hombres que estudien magisterio, trabajo social, o que hacen falta hombres en la administración del estado, donde también hay un desajuste de género, o que hacen falta hombres que bailen ballet.

¿Tiene que ver con la educación que recibimos desde pequeñas?

Todavía a muchas mujeres nos han educado no para hacer las cosas que queremos sino para hacer las cosas que ellos pueden hacer y que nosotras no estamos haciendo. A los chicos no les educan así, no les educan para ‘tú puedes bailar ballet y ponerte un tutú y unas zapatillas, e ir a clase de sevillanas con volantes’, pero a nosotras sí, durante mucho tiempo ha sido guay hacer lo que ellos hacían por el hecho de que lo hacían ellos: ‘Tú puedes jugar al futbol como uno de ellos’. Nosotras hemos asimilado poder ser como ellos con unas reglas del juego totalmente perversas porque nuestros roles siguen vacíos.

¿Cómo se da esta perversión?

Nos ha tocado doble ración de roles. Por un lado, los nuestros, que son una carga importante cuando no se reparten con nadie: en España, el 80 por ciento de las cuidadoras de personas dependientes, sean menores o mayores, son mujeres. Por otro lado, se nos han repartido los roles tradicionalmente masculinos, del poder, el trabajo, los puestos de dirección, los equipos de futbol, todo eso que es público y social, y eso se ha repartido pero no en igualdad, nos hemos quedado con lo peor de cada casa, seguimos teniendo los roles de antes y, de los que han repartido ellos, no ganamos lo mismo por hacer el mismo trabajo y en igualdad numérica tampoco, pero sobre todo se ha dado una aniquilación de lo femenino. Ese proceso casi de alineación de asimilación es como el que se exige a los inmigrantes, por ejemplo, tú puedes venir a una cultura nueva, pero tienes que matar toda tu cultura, tus raíces, tienes que cambiar de idioma, de costumbres, de comida, y ya si eso te dejamos jugar con nosotros. ¿Qué pasa? Que la segunda o la tercera generación, ya no es minoría. Las mujeres hemos sido muy minoritarias en el trabajo y en los puestos de poder, ahora ya no.

Volvemos a la revolución del día a día…

No estamos en igualdad, pero no estamos ya en minoría, y eso empieza a significar cosas, a querer decir: ‘Oye, que lo de la asimilación igual ya no me gusta tanto, y lo de que tú pones las reglas de cómo es el proceso de asimilación igual no me gusta tampoco’. Como no había mujeres en el poder, las reglas para incorporarnos o incluso las cuotas con un montón de medidas las han terminado aceptando ellos. Sí que han sido procesos desde el punto de vista de la identidad muy sanguinarios y, poco a poco, vamos consiguiendo, por ejemplo, que los hombres cuiden de sus hijos y tengan una baja por paternidad, que es algo que conseguimos para ellos en el sentido de que esa parte femenina vinculada a la emoción, al cuidado, a la empatía, a la transversalidad, también se les ha arrancado a los hombres.

En el libro hay una escena en la que una mujer asciende y le regalan flores. Eso es algo poco frecuente cuando un hombre sube de categoría profesional. ¿Qué representaría?

Le ocurre a la protagonista de la novela, que su jefe le manda unas flores. No creo que les pase a todas las mujeres que ascienden, pero sí les habrá pasado ser tratadas como mujeres antes que como personas, como profesionales, o ser tratadas desde el prejuicio, desde un prejuicio que no reconoce su feminidad en el 95 por ciento de los casos y se pone a reconocerla de unas formas de lo más torpes, dejándote pasar, o mandándote flores, o pagando la comida, hay muchos gestos de esta galantería todavía en el trabajo, o haciendo un montón de comentarios que todas tenemos que soportar. ¿Quién no ha ido a una comida y ha escuchado un comentario machista? Es lo que decíamos antes, te queda la sumisión o la revolución porque, al final, cuántos comentarios machistas no aceptamos sonriendo o dejándolos pasar porque ‘no vas a tener esta bronca ahora’, si no tendrías una bronca todo el tiempo.

Las flores que le manda son como una manera de materializar. En la novela, necesitaba que se pudiese tocar y ver, y es algo tan suave y tan inocuo y tan sutil como un ramo de flores. Muchas de las cosas que hieren y marcan diferencias están hechas desde un lugar que es tóxico y aniquilador, pero nos harían pasar por locas si decimos ‘me has agredido porque me has mandado flores’. Quedan muchos machismos invisibles. Las peores maneras de sometimiento que soportamos de aniquilación de lo femenino, en hombres y en mujeres, son invisibles, no las vemos, las hemos aceptado, como los hombres aceptaron no cuidar de sus hijos. Tú ahora le dices a cualquier hombre que vaya a tener un hijo que no acepte su baja de paternidad, poder cuidarlo y crear ese vínculo, y se reiría si le dices que le van a dar dos días de permiso, los mismos que por una mudanza. Pero se aceptaba, como se acepta perfectamente que no haya sala de lactancia, se acepta ocultar que tienes la regla, se acepta que ellos no cuiden, hay muchas violencias invisibles que se aceptan.

¿Por eso la protagonista es una mujer que ha tenido éxito en su carrera y que está resentida?

 Está cabreadísima. Siempre cuento la historia de Superman. Cuando empezamos a ver esta película decían ‘no puedes tirarte de un segundo piso porque no vas a volar, te matarías. Superman solo vuela en las pelis’ para explicarnos que solo era ficción y que no íbamos a volar. Pero lo de Superwoman nos lo han hecho creer como si sí fuera posible, cuando lo que sucede es que, si tienes un trabajo, tienes hijos, quieres tener una familia, quieres tener éxito profesional y, además, tener una belleza hegemónica y estar en forma, te mueres. Superwoman también es una figura letal. Nos han contado en un montón de camisetas que eres una Superwoman porque puedes con todo. Simplemente, Superwoman perjudica seriamente la salud. Se debería advertir, como en las cajetillas de tabaco, todo esto no se puede hacer, si alguien puede hacerlo a la vez se va a enfermar. Es lo que en las entrevistas que hice para este libro me decían todas las mujeres con puestos de mucha responsabilidad. Su mayor preocupación era: ‘Creo que debo parar porque me voy a enfermar, creo que no puedo más, que mi cuerpo va a decir hasta aquí’ y esa sí es una sensación muy de las mujeres que están intentando jugar en cuatro pistas de circo con dieciocho mil pelotas en el aire a la vez.

¿Quién es el hombre blanco?

Tenemos a Margaret Thatcher, que puede ser el más hombre blanco de todos los hombres blancos. Entiendo que el hombre blanco aquí funciona como un mito, no creo que los hombres blancos que me rodean sean este hombre blanco. Este hombre blanco no es nadie del colectivo lgtbiq+, no vive de alquiler, no es alguien divorciado, no es de ninguna otra raza que la blanca, no tiene discapacidad ni física ni intelectual, no está enfermo, no le falta el dinero. No conocemos absolutamente a nadie así, no existe, no existe porque esta idea de hombre blanco es algo que nos han colocado como en un lugar aspiracional, como la cima de una montaña a escalar, pero ni el hombre ni la montaña existen. Sin embargo, incluso en el Olimpo de los dioses griegos ya teníamos a alguien arriba con poder para organizar la vida de los de abajo. Esta dicotomía ya la llevamos dentro. Al final creemos que hay que ser competitivos, que hay que correr, que hay que llegar a la cumbre, y nosotras decimos: ‘Esto nos lo están imponiendo ellos’. Bueno, ellos sí, pero nuestra idea de ellos también.

¿Hay que cambiar el foco?

Lo que hay que hacer un poco es cambiar este imaginario, y también los hombres deben contribuir, porque es un poco de lo que trata esta novela, qué es exactamente ser una mujer y qué es ser un hombre y dónde están esas fronteras. ¿Y son únicamente unas fronteras genitales? Pues no creo, está todo bastante más difuso de lo que pueda parecer. La identidad no es dicotomía, esa sí que es un continuo y sí que podemos transitar o conocer esta ambivalencia en nuestra identidad, pero desde luego esa ambivalencia o ese transitar nunca deben ir contra los derechos humanos o aniquilar a una parte de la población.

El hombre blanco está muy relacionado con valores asociados a los negocios.

No solo eso. Yo lo he centrado en esta parte, este libro trata del trabajo, pero va más allá de los negocios. El tratamiento del cuerpo afecta a todas las áreas de nuestra vida y, por supuesto, de una manera decisiva a la sexualidad, a cómo se vive la sexualidad, desde el punto de vista de poseer otros cuerpos o de saciar el propio placer, a esa supuesta o posible sexualidad que nazca de una relación de igualdad, de placer mutuo. No está solamente en el mundo de los negocios, si fuese así sería muy fácil defenderse. El problema es que está en todas partes y muy especialmente en los territorios de intimidad. No somos una persona en el trabajo y después llegamos y somos otra persona, lo que somos y lo que hacemos allí se cuela en nuestro salón, pero no porque respondamos muchos emails, sino porque esta manera de actuar y de ser y de entender el mundo y a nosotros mismos, lógicamente, es una piel que vamos siempre a llevar puesta. Si vivimos en un mundo vertical donde tomamos decisiones de poder o donde consideramos que otros merecen servirnos y nosotros usar de sus servicios, eso viene con nosotros al salón de nuestra casa.

¿Quién debería leer ‘El último hombre blanco’?

Creo que es el libro que se tienen que llevar a la playa las personas que llegan a las vacaciones pensando ‘si no paro me va a pasar algo’, da igual que sean hombres o mujeres, creo que es una lectura muy de verano, porque en muchos veranos he llegado así, como que no me salen las cuentas de mi vida y a lo mejor no soy la única persona a la que le pasa esto. Parece que el trabajo es eso contra lo que no podemos reaccionar, que hay que aceptarlo todo porque son lentejas, porque fuera hace mucho frío y hay que ganarse la vida y ahora viene una crisis, y todo eso es falso y creo que este libro lo demuestra, y lo demuestra con imaginación. Es tan falso como que los matrimonios tenían que ser de conveniencia o como la idea falsa del amor romántico que nos contaron. Este no es un libro que propone dejar el trabajo, pero sí plantea que esto es insoportable y que hay que pensarlo desde otro lugar. Nuestra vida se parece mucho también a cómo nos la imaginamos.


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