Querido Renault-8

Dos veces al año, el blanco Renault-8 se convertía en pasto de maletas y bultos que rellenaban huecos hasta entonces no descubiertos. Sofía colocaba a las niñas en los asientos mientras Tomás cerraba con fuerza el maletero y respiraba profundo, sabedor de las más de 16 horas de coche que quedaban por delante.

El viaje estaba a punto de empezar y Tomás se confiaba a Dios. Lo olvidaba el resto del año, pero había que conducir hasta el pueblo y volver semanas después.

Montse, la hermana mayor, observaba divertida el ritual del hombre más ateo y blasfemo que conocía. Encendería el cigarro, pediría ayuda en las indicaciones y se perdería en el mismo cruce de Soria. Exigiría silencio cuando la pequeña Paula quisiera ir al baño y discutiría con Sofía sobre la velocidad.

Pero esta vez Montse no iría al pueblo. Se quedaría en Barcelona, trabajando, pensando que ya era mayor para pasar las vacaciones con sus padres. Echaría de menos la mariscada anual en casa de la tía Amable, las empanadas de la tía Celia, las fiestas con los primos y las conversaciones con la abuela. Por un momento, no se sentía tan mayor.

Sofía deseaba que Montse estuviera bien, en Barcelona o en Galicia, pero también quería que estuviera allí, en el coche. Sufría al pensar que algo malo pudiera pasarle y se encontrara sola. Atendía más a Paula y no podía evitar pensar en todo lo que tendría que limpiar al llegar a la casa del pueblo.

Paula quería ver a la abuela, jugar con las primas, ir a la feria, comer en casa de los tíos y estrenar el vestido nuevo. Notaba a sus padres más callados y comprensivos, y sabía que estaban tristes por Montse. Hacía semanas que se lamentaban por ello, pero a Paula no le parecía tan malo.

Tomás miraba por el retrovisor antes de adelantar y añoraba una voz que le decía “Papá, ya puedes”. Era el principio. Las niñas crecerían e ir al pueblo ya no sería pasar unos días en familia. Patriarca destronado, avanzaba kilómetros al norte. Obedeció a Sofía cuando le reprimió por pasar de los 120 y contestó afectuoso ante las ganas de orinar de Paula.
Ese otoño, Tomás contó sus ahorros y fue al concesionario. Después de quince años, el R-8 había cumplido su función.

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