Beirut

El periodista Tomás Alcoverro nos traslada en ‘La noria de Beirut’ a una ciudad poco conocida y sometida a muchos cambios históricos de los que siempre renace.

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Tomás Alcoverro: “Todavía hay gente que me pregunta, ¿tú vives en Libia? No, en Libia no, en el Líbano”

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Tomas Alcoverro portada

Tomás Alcoverro escribe desde hace más de 40 años sobre Oriente Medio y sobre todo del Lïbano, donde vive. Sus crónicas como corresponsal de guerra en Beirut y como testigo de la vida cotidiana consiguen acercar con naturalidad las complejidades de este pequeño país. En ‘La noria de Beirut’ (Editorial Diëresis) recoge algunos de los escritos sobre esa ciudad que no para, rueda y renace a pesar de los conflictos y de los cambios.

¿Te declaras enamorado de Beirut y de Hamra, el barrio en el que vives?

Enamorado, enamorado… Es mi barrio, cómo no voy a querer a mi barrio. Es un barrio abierto, todavía con un talante de gente un poco de todas las clases de vida y teniendo en cuenta que Oriente Medio, en general, y también Beirut, en particular, se están convirtiendo en guetos, donde la gente tiende a ser iguales unos a otros y profesar la misma confesión, lo que tiene es, aunque hay gente que diga que exagero, una mezcla de gente. Es lo que había sido el Líbano y el Oriente Medio. En este sentido, es algo que todavía existe de verdad.

¿Le debías un libro homenaje a la ciudad?

No exactamente. La ciudad es mucho para mí. Está cantada y descrita millones de veces, está podrida de literatura. Creo que en mi casa en Beirut debo tener por lo menos 50 libros solo sobre Beirut.

En España es un tema poco conocido porque el Líbano nunca ha pertenecido a un ámbito ni cultural ni político ni económico español. No hay muchas relaciones, ni hay muchos españoles allí.

En este momento hay una especie de curiosidad, ¿cómo se mantiene el Líbano en medio de todos estos abismos que están al lado? Creo que también influye la guerra de Siria, sólo hay 100 kilómetros de Beirut a Damasco, y conozco a cuatro o cinco agencias que este verano tienen viajes organizados. Habrá bastante gente este verano en Beirut, además tiene vuelo directo con Barcelona. Es una ciudad compleja que rompe esquemas, creo que la gente al final se ha dado cuenta de que puede ser una cosa curiosa e incluso rara, no se parece nada a otras ciudades.

 Todavía hay gente que me pregunta, ¿tú vives en Libia? No, en Libia no, en el Líbano. Y es curioso, hay dos ciudades con el mismo nombre, Trípoli, la capital de Líbia y la segunda ciudad del Líbano.

También se desconoce la vida cotidiana libanesa, como la cultura del vino, tan extendida a pesar de algunas costumbres islámicas.

Hay una parte de estas viñas que fue creación de los jesuitas, y hay conventos que se dedican a la elaboración del vino, como en otras partes del mundo. Estas cosas quedan olvidadas porque los acontecimientos se precipitan cada día y son horribles. Sí, hay vinos buenos en el Líbano.

¿Qué recuerdos te trae el Hotel Commodore, ahora cerrado, del que dices que no fallaban las comunicaciones en tiempos de guerra?

Yo no viví en este hotel, pero era un centro muy interesante. En este sentido, sí que tengo una cierta nostalgia, no del tiempo pasado exactamente, pero sí del ambiente. Durante muchos años había muchos corresponsales en Oriente Medio, muy curiosos, un poco raros, y también en mi casa, en mi edificio, como el famoso espía Roger Auque, que era corresponsal de un periódico y escribió un libro póstumo en el que explicaba que trabajaba para el Mossad.

Quizás es la exageración de la imagen del pasado, o el embellecimiento, que es también muy normal y muy tonto, pero lo recuerdo. Ahora allí hay unas oficinas de Mastercard. A Roguer Auque, que era un hombre guapo y simpático y tenía mucho éxito con las mujeres, lo secuestraron. Fue un secuestro angustioso porque le pasó, como a otros secuestrados, que fue moneda de cambio. Pasó de manos a manos, de unos a otros.

Los secuestros, evidentemente que los que disponen u ordenan un secuestro tienen un proyecto político, pero luego, si vas bajando un poco, los secuestradores son mandados, o son empleados.

Él cuenta en uno de sus libros que le decían, ‘oye, tú, Roger, cuando salgas no te olvides de mí y a ver si me ayudas para conseguir un visado para irme a Francia’. Roger Auque se hizo enormemente popular, no por el periodismo, sino porque fue el padre orgánico de Le Pen hija, Marion Maréchal-Le Pen. Era un ambiente de guerra, con poca gente y con un ambiente estrafalario. En aquella época, cuando venía a Barcelona, lo veía tan vacío que me aburría y me quedaba poco tiempo.

Mencionas la masacre de los campamentos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila en el 82. ¿Quién se acuerda de esta atrocidad, a nivel internacional? ¿Es un tema olvidado fuera del mundo árabe?

Israel es un país que sabe perfectamente que, de vez en cuando, cuando hace estos ataques bárbaros, se ríe un poco de estas emociones que se producen en el mundo contra Israel porque saben con exactitud el tiempo que pueden durar estas emociones. Cuántas veces han ocurrido estos incidentes, estos bombardeos. Infinidad de veces. Y lo malo es que pasará infinidad de veces y la gente va muriendo, es otro tema que pone los pelos de punta. Pero sabe que estas emociones durarán unos días.

Lo se Sabra y Shatilla. Gracias a esta película que se llama ‘El Insulto’ y que ha tenido tanto éxito, la gente que la ha visto se da cuenta de una cosa muy gorda. Sabra y Shatilla no es un acto de crueldad aislado. Todas las cosas están en comunicación, es un engranaje de acontecimientos. Y voy a lo gordo: años antes, el pueblo de Damur fue un precedente horrible.

Creo que en aquel momento, como la opinión pública era más propalestina y los israelíes y se decía que los cristianos eran los fascistas, y todas estas simplificaciones horribles… En Damur fue al revés, fueron guerrilleros palestinos que entraron al pueblo y mataron a no sé cuántos cristianos, muchos, sobre los números nunca nos aclararemos y destruyeron todo el pueblo.

Esto nunca se ha querido explicar bien, incluso habrá gente que dirá que no es verdad, pero lo que ocurrió en Damur fue un precedente y el resultado de una venganza posterior de los cristianos libaneses contra los palestinos. Periodísticamente no acabaríamos, porque alguien diría que hay otro precedente.

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Países como el Líbano o Jordania, ¿dan una lección a Europa y Norteamérica en cuanto a acogida de refugiados?

Al principio, pensaban que estarían poco tiempo. Todo se ha ido desmadrando, los recintos de los campos se han ido desbordando y hay temas como que hay muchos propietarios libaneses que se han sentido perjudicados porque tenían campos alrededor y a veces han sido ocupados por los refugiados. Es para romperse la cabeza, ¿cómo vas a poner límite a un éxodo que entra por una frontera que no está tan bien definida?

Llevas más de 40 años en el Líbano, ¿qué imagen crees que tienen de ti?

Supongo que les caigo simpático y que no me ven completamente como un extraño, lo cual no quiere decir que esté integrado en la sociedad libanesa. Alguien ha dicho que Tomás Alcoverro forma parte del paisaje. Tampoco es eso. Lo que ocurre, por mi permanencia tozuda, porque hubo épocas en las que recibía medioórdenes de que me fuera de allí y fuera, por ejemplo, a Egipto, pero nunca quise abandonar, porque también me he sentido cómodo. Si me hubieran ido mal las cosas, no tendría los vínculos que tengo.

El título del libro, ‘La noria de Beirut‘, evoca al ave fénix que resurge de sus cenizas. El centro fue totalmente destruido por la guerra y has visto dos barrios muy distintos. ¿Qué te asombra más de los cambios?

Más que me asombra me escandaliza en lo que la ciudad se ha ido convirtiendo, con el precio de los inmuebles y los alquileres, pero el tema no es solo este. Arrasaron edificios no solo por la guerra sino con la excusa de que había que construir de otra manera y aquello se convirtió en un gran centro de especulación inmobiliaria.

Cuando yo llegué a Beirut, evidentemente la ciudad era más pequeña, y era una ciudad que presumía de la paz, con una parte cristiana y una parte musulmana, con sus distintas ramas. Lo que sí ha sido una sorpresa es que he visto cómo ha salido una tercera ciudad en treinta años, que es la ciudad chiita, que tiene casi 700.000 habitantes.

Es el resultado de un éxodo interno de los chiitas del sur que van en busca de un buen trabajo a la capital, y también que huyen de la guerra, y aquí hay otro matiz complicado, provocada en parte por los propios palestinos que se asentaban en sus lugares, con los consecuentes bombardeos desde Israel que mataban también a los lugareños. Este fenómeno ha cambiado la ciudad y ha cambiado el país porque la comunidad chiita en este momento es muy poderosa, es muy fuerte, y tiene un protagonismo que hace 40 años no tenía.

La noria de Beirut

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